Entre el ajetreo de sus pasos y el murmullo de la gente que iba y venía, un fuerte olor a naftalina la sorprendió y despertó en ella el efecto de la añoranza. Fue entonces, cuando su memoria inició el proceso de búsqueda, de aquellos otros olores entrañables, en el registro de sus recuerdos; y todos sus sentidos se desperezaron. Olores, sabores, visiones, voces y sonidos, sensaciones de contacto.
La lejanía y la distancia entre el hoy y el ayer, incluido el más reciente, la empequeñecen y la convierten en una imprecisa holografía vagando por la infinitud del pensamiento. Pero la fuerza del tiempo siempre termina devolviéndola a esa realidad ineludible.
¿Qué sería de su existencia, sin todos esos registros?

